Mujeres alfareras

Mujeres alfareras dependen de intermediarios para vender sus piezas

Mutua Investigación e Innovación Social / Oxfam México
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Lea, Iricela y Rufina, mujeres de Los Reyes Metzontla, Puebla y Santa María Atzompa, Oaxaca, se dedican a la alfarería en México. Es un oficio accesible para las mujeres que viven en medios rurales ya que involucra el uso de materiales locales accesibles para ellas. Además, la flexibilidad de las etapas de creación se acopla con las tareas domésticas y de cuidados, casi siempre a cargo de las mujeres.

 

Pero el oficio tradicional de la alfarería se enfrenta a una serie de obstáculos que amenazan no solo su continuidad, sino la fuente de sustento de las mujeres que la trabajan.

 

El principal se deriva de las numerosas barreras que impiden a las alfareras acceder al mercado. Entre ellas destacan la limitada red de contactos y de capital social para colocar los productos en mercados de alto poder adquisitivo; la carencia de medios de transporte que les brinden movilidad y facilidad de trasladar un producto pesado desde zonas remotas de producción hasta centros urbanos de venta; un reducido acceso a ahorros o financiamiento, y la insuficiencia de conocimientos financieros, administrativos o de innovación productiva para poder llegar a nuevos nichos y competir.

 

A estas barreras se añaden aquellas que emergieron como consecuencia de fenómenos sociales y políticos en México. En Santa María Atzompa y Los Reyes Metzontla, como en todos los pueblos alfareros del país, el Tratado de Libre Comercio de 1994 provocó la caída del mercado al promover la entrada de productos de plástico, peltre y aluminio a precios muy bajos. México importa este tipo de productos principalmente de China, Portugal, Colombia, Tailandia y Malasia.

 

La presencia de estos productos de importación llevó a los mismos pueblos alfareros a sustituir sus utensilios domésticos por aquellos que consideraron de mayor resistencia; de este modo se desplazó el barro a las festividades en las comunidades. Los artículos utilitarios de barro se emplean como obsequio, además de ser objetos de trueque. En las bodas de las comunidades zapotecas del Istmo de Tehuantepec se utilizan los cántaros de barro en un baile llamado mediu xiga (baile de cooperación), los cuales se rompen al pie de los novios, sentados en medio de la fiesta, para desearles prosperidad.

 

Asimismo, las comunidades alfareras se enfrentan al abandono de la transmisión de los saberes indígenas por parte de generaciones de personas jóvenes que deciden migrar a los centros urbanos, ya sea para estudiar o trabajar.

 

Se suma como problemática que los programas públicos que brindan apoyo a las artesanas no siempre remueven las barreras a las cuales se enfrentan.

 

“El gobierno también ha tenido un papel para llegar, pero son programas pequeños y que no desarrollan la cadena. También el problema es que esos programas favorecían solo a algunos artesanos que se volvían «artistas» y producían un producto muy caro. FONART ha tenido una iniciativa para vincular a los artesanos con mayor nivel artístico con los consumidores directamente a través de varias herramientas como internet”, explica el investigador del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados (CESOP), Francisco Javier Sales Heredia.

 

A pesar de los obstáculos y la posibilidad de que la actividad alfarera desaparezca, el papel que realizan las pequeñas productoras y aquellas mujeres organizadas en cooperativas es primordial para difundir, preservar y promover los saberes de esta actividad artesanal.

 

En Oaxaca, existen al menos 50 comunidades indígenas que se dedican a la producción alfarera, todas ellas pertenecientes a los grupos etnolingüísticos del zapoteco, mixteco, mixe, mazateco y cuicateco. La diversidad de los artículos de barro que producen las alfareras de Puebla y Oaxaca no se limita a sus usos, que van del decorativo, doméstico, ritualístico, hasta lo artístico, o a sus técnicas, diseños, colores y texturas. También está ligada a la cosmovisión de los mismos pueblos, la que heredaron de los y las que habitaron el mundo mesoamericano.

 

Son ellas quienes participan en las cinco etapas de la cadena de valor alfarera: extracción y preparación del material, moldeado, acabado y horneado, empaque y transporte y, por último, la venta. En la alfarería de Los Reyes Metzontla se utiliza arcilla y la peña o talco, que es una roca de color que se extrae de los cerros y que se tritura para mezclar con la arcilla. Los hombres de la comunidad participan en la extracción y preparación de estos materiales, actividades físicamente demandantes. Las mujeres participan en un menor grado en esas fases y se encargan del moldeado, acabado y horneado de las piezas, así como de la venta de estas a través de personas intermediarias.

 

Adicionalmente, las mujeres están presentes en la etapa del laborioso amasado, modelado y secado. En la etapa del modelado, las mujeres artesanas distinguen tres pasos: moldear, chimar [Según la Real Academia Española: chimar del náhuatl xima: ‘raspar’, ‘afeitarse’, ‘labrar piedras’ o raspar y lisar]. En este punto entra la creatividad de las alfareras para idear nuevos modelos que sean atractivos a los clientes. Aquí el clima juega un papel importante, ya que hay mejores horas para el modelado: las mañanas, las noches y días sin lluvias. Esta misma situación aplica para el proceso del secado.

 

En la etapa del acabado, las piezas de Los Reyes Metzontla no tienen adornos; son famosas por el bruñido, una técnica ancestral que se logra sacando el brillo con un cuarzo y, dado que así no se utiliza el plomo, es muy valorada. En algunas piezas también utilizan la cera de abeja que pintan de negro o rojo para darle el mismo color en los acabados.

El empeño de las mujeres alfareras para impulsar su oficio

Lea Gonzales Vera cierra los ojos e imagina su propia tienda en una ciudad más grande que Los Reyes Metzontla, Puebla. Ella sueña con una tienda bien surtida, con aparadores que le permitan exhibir todas las piezas de barro que elabora junto con su hermana y su madre en su pueblo. El orden en la tienda es importante para que el cliente elija bien, desde el mejor plato bruñido con cuarzo hasta el jarrón más grande pulido con cera de abeja.


Lea sueña con tener su taller en el mismo local, ya que su tienda ideal no sólo busca exhibir y vender, sino involucrar a los visitantes en el proceso de elaboración de sus productos. Ella sueña poder mostrarles uno de los elementos de su oficio: un torno manual o eléctrico, ese que añora comprar algún día para poder producir más piezas al día.


Para lograr su sueño, Lea, una joven alfarera poblana de 31 años, soltera y sin hijos, requiere acceder a un crédito con baja tasa de interés, quizás un apoyo a fondo perdido como el que le otorgó alguna vez el gobierno del estado de Puebla.


Tener una tienda ayudaría a Lea a brincarse el regateo de las personas y establecer precios que ella considera justos al vender directamente al cliente; precios que consideren las horas de trabajo, materiales y otros cálculos de mercado. Una tienda acercaría los productos a clientes potenciales en los centros urbanos, consumidores que evitan ir hasta el pueblo de las artesanas por la lejanía y por el camino accidentado.

Lea Gonzales Vera cierra los ojos e imagina su propia tienda en una ciudad más grande que Los Reyes Metzontla, Puebla. Ella sueña con una tienda bien surtida, con aparadores que le permitan exhibir todas las piezas de barro que elabora junto con su hermana y su madre en su pueblo. El orden en la tienda es importante para que el cliente elija bien, desde el mejor plato bruñido con cuarzo hasta el jarrón más grande pulido con cera de abeja.


Lea sueña con tener su taller en el mismo local, ya que su tienda ideal no sólo busca exhibir y vender, sino involucrar a los visitantes en el proceso de elaboración de sus productos. Ella sueña poder mostrarles uno de los elementos de su oficio: un torno manual o eléctrico, ese que añora comprar algún día para poder producir más piezas al día.


Mujeres alfareras
Crédito de la imagen: Mireya García

Lea no se mortifica, está tranquila trabajando desde su casa cinco días a la semana. Sin desplazarse de ella, entrega directamente a clientes dueños de restaurantes de la Ciudad de México y de Puebla que llegan hasta Los Reyes por las piezas, y las adquieren a precios que ella considera justos por todo el trabajo que conlleva elaborarlas.


También está conforme con venderle a sus vecinos, alfareras y alfareros revendedores, que con el equipo necesario como camionetas y personal trasladan sus comales a Tehuacán, ciudad ubicada a poco más de una hora de distancia. Aunque el precio por un comal sin pulir sea de 20 pesos y lo revendan a 45 pesos en la ciudad, la familia de Lea lo prefiere, ya que se evitan las molestias de movilizarse con el riesgo de no vender ni una pieza o de que se rompan en el camino. “Es mejor vender a un bajo costo que no vender nada”, explica.


Asimismo, tiene una tercera opción de venta, que más que ganancias le da satisfacción: el Centro Artesanal Comunitario construido por la Asociación de Alfareros Popolocas de Los Reyes Metzontla (AAPRM), la cual fue formada por artesanas y artesanos para invertir el Premio Nacional de Ciencia y Artes al que fueron acreedoras en el 2005. Allí, como socia, entrega sus piezas por consignación y vende hasta dos a la semana; el centro agrega un 10% al precio de venta para cubrir costos de operación.


El Centro Artesanal Comunitario está conformado por una tienda, un taller demostrativo y alojamiento para visitantes. La asociación colabora con Lu’um A.C. y con Taller Lu’um, aliadas de Oxfam. Ambas organizaciones ofrecen capacitación a las artesanas en diferentes modalidades, incluyen talleres orientados a mejorar la calidad de las piezas y a desarrollar sus habilidades de negocio; mientras la segunda trabaja con algunas artesanas bajo un modelo de comercio ético, diseñando y comercializando piezas nuevas. Trabajar con Taller Lu’um le permitió a Lea mejorar la calidad de sus piezas, integrar nuevos diseños para el sector hotelero y obtener una mejor compensación por su trabajo.


Antes de trabajar con sus clientes del sector hotelero, Lea sólo realizaba objetos como utilitario común, manzanas, figuras y platos pequeños. Hoy elabora al mes alrededor de 50 piezas, como platos y tazones bruñidos de diseño moderno que llegan a costar 150 pesos la pieza al vender directamente a los clientes. Aunque la asociación es una gran ayuda, se ve en la necesidad de buscar otras formas de ventas que le garanticen una demanda más constante.


Para las mujeres de otra generación, la alfarería era una fuente de ingreso complementaria que sólo se transmitía de madre a hija. Se obtenían precios mucho más bajos para las piezas en mercados vecinos y, en algunos casos, se intercambiaban por frijol y maíz. Esto hacía que los hombres no se interesaran por la alfarería, quienes veían la actividad como poco redituable económicamente. Sin embargo, hoy los hombres que no se dedican a la alfarería como actividad principal apoyan a sus familiares artesanas en algunas etapas de la cadena de valor, como la obtención y preparación del material.

Las personas jóvenes de la comunidad participan cada vez más en los colectivos y asociaciones, motivadas por la revalorización artística, cultural y económica del oficio que ha sido impulsada por una mayor demanda en mercados urbanos nacionales e internacionales.


Cuando requieren entregar pedidos grandes y urgentes, las artesanas como Lea tienen jornadas de trabajo que varían entre 12 y 15 horas. En días normales, invierte de 6 a 9 horas para producir una pieza de alfarería, al ser soltera utiliza el resto del día para realizar actividades del hogar y otras ajenas a la alfarería. Aun con esas largas jornadas, las artesanas obtienen ingresos que no les permiten invertir en activos o material de trabajo.


El ingreso obtenido por la alfarería cubre los gastos básicos del hogar, como la alimentación, y en pocos casos contribuye a los ahorros de la familia. Las familias complementan este ingreso por medio de la ganadería y la agricultura de subsistencia, y se apoyan en otros familiares que trabajan en la industria de servicios en el medio urbano.


Debido a la falta de capital, las artesanas se ven obligadas a vender cuanto antes sus piezas para pronto obtener un ingreso. No tienen el lujo de esperar hasta que puedan obtener los precios que consideran justos para sus piezas o de invertir más tiempo en venderlas por su cuenta. Antes de invertir en materiales y tiempo de producción, ellas prefieren trabajar por encargo para tener un ingreso garantizado.


Iricela Román Díaz es otra alfarera que vio cambios en su producción a raíz de las capacitaciones ofrecidas por Lu’um A.C. Iricela es madre soltera y dedica de 6 a 9 horas de su día al trabajo como alfarera y otras 6 horas a las actividades del hogar atendiendo a sus hijos. Forma parte de las y los 70 integrantes de la AAPRM, de los cuales 63 son mujeres y sólo 7 son hombres.


“Yo vi muchos cambios con las capacitaciones porque nos enseñaron a pulir mejor, porque antes el pulido era sencillo, sólo en la parte de adelante se pulía y no adentro. Hoy pulimos todo. Además, nos enseñaron a hacer piezas modernas. Desde la tienda comunal siempre entregamos y vendemos, de allí también nos dicen que alguien quiere un pedido especial y lo hacemos, al menos para sostenernos con los hijos que tenemos”, explica esta mujer de 45 años.


Iricela, como la mayoría de las 466 mujeres que, según el censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), residen en Los Reyes Metzontla, comenzó desde joven a familiarizarse con el oficio. A los 16 años empezó a jugar con la arcilla elaborando comales, ollas y cazuelas para uso principalmente doméstico. Ella recuerda que tuvo contacto con la artesanía en 1996, en su juventud, elaborando tazones, platos y jarritos que se vendían fuera de la comunidad.


Actualmente, para vender sus piezas Iricela participa directamente con la persona intermediaria, a quien no ve como un personaje malo que la explota, sino como alguien que dispone del tiempo, las redes y el medio de transporte para sacar los productos del pueblo. Aunque le pague 35 pesos cada salsera, se conforma con el o la intermediaria que de manera constante y segura le encarga piezas. Como productora no posee contactos de venta fuera de la comunidad ni los recursos para invertir en el traslado de la mercancía, aunque desearía tenerlos para mejorar sus ganancias.


“Pues si fuera hombre saldría más, conocería más y pues a mí me gustaría así conocer gente de fuera que me diga ‘quiero 10 piezas’, y yo le doy precio. Así sabría a cuánto lo vendí, si me resultó o no me resultó. El chiste es que yo entregue mis piezas, aunque es difícil para las mujeres el traslado porque 50 piezas de barro pesan y para los hombres es más fácil cargarlos”, comenta Iricela.


Al igual que Lea, Iricela tiene sueños, como vender en el mercado de Tehuacán sin regateos, que el cliente acepte el precio fijado por ella, valorando el arduo trabajo que lleva la elaboración de las piezas de barro bruñido y, por qué no, volver a recibir los apoyos que daba el Fondo Nacional para el Fomento a las Artesanías (FONART) de tres mil pesos para la compra de materiales: desde la arcilla hasta la leña para el horno.


La visibilidad que les brinda la AAPRM, la colaboración con Lu’um y el acceso a canales de venta que valoran el producto artesanal han contribuido a la autopercepción de las mujeres alfareras de Los Reyes Metzontla y su orgullo de ser artesanas. Esto es un cambio significativo, ya que sus madres y sus abuelas veían sus piezas como medio de subsistencia, no como oficio.


A Lea y a Iricela la pandemia les afectó mucho porque los clientes que les compraban (restaurantes y hoteles) también fueron afectados y las y los revendedores dejaron de moverse en los tianguis y mercados. Además, la poca entrada fija que tenían con el centro comunitario se vino abajo por el cierre temporal y la disminución de visitantes. Tuvieron que recurrir a su opción de venta menos preferida: vender comales en Tehuacán, para así obtener lo básico para las necesidades de sus familias.


La otra opción que tuvieron las alfareras para sobrevivir a la crisis económica, fue regresar a los cultivos del traspatio y la milpa para obtener productos del campo. En este 2021, la reactivación ha sido lenta pero las y los turistas han comenzado a volver al pueblo y, aunque los pedidos sean pocos, les permiten por lo menos contar con una entrada fija.


Lea e Iricela son mujeres orgullosas de ser artesanas y se definen como enamoradas de su oficio, persistentes, pacientes, con alta tolerancia a la frustración y perfeccionistas. Están en una búsqueda continua por mejorar el diseño y la calidad de sus piezas.

 Para lograr su sueño, Lea, una joven alfarera poblana de 31 años, soltera y sin hijos, requiere acceder a un crédito con baja tasa de interés, quizás un apoyo a fondo perdido como el que le otorgó alguna vez el gobierno del estado de Puebla.

 

Tener una tienda ayudaría a Lea a brincarse el regateo de las personas y establecer precios que ella considera justos al vender directamente al cliente; precios que consideren las horas de trabajo, materiales y otros cálculos de mercado. Una tienda acercaría los productos a clientes potenciales en los centros urbanos, consumidores que evitan ir hasta el pueblo de las artesanas por la lejanía y por el camino accidentado.

 

Lea no se mortifica, está tranquila trabajando desde su casa cinco días a la semana. Sin desplazarse de ella, entrega directamente a clientes dueños de restaurantes de la Ciudad de México y de Puebla que llegan hasta Los Reyes por las piezas, y las adquieren a precios que ella considera justos por todo el trabajo que conlleva elaborarlas.

 

También está conforme con venderle a sus vecinos, alfareras y alfareros revendedores, que con el equipo necesario como camionetas y personal trasladan sus comales a Tehuacán, ciudad ubicada a poco más de una hora de distancia. Aunque el precio por un comal sin pulir sea de 20 pesos y lo revendan a 45 pesos en la ciudad, la familia de Lea lo prefiere, ya que se evitan las molestias de movilizarse con el riesgo de no vender ni una pieza o de que se rompan en el camino. “Es mejor vender a un bajo costo que no vender nada”, explica.

 

Asimismo, tiene una tercera opción de venta, que más que ganancias le da satisfacción: el Centro Artesanal Comunitario construido por la Asociación de Alfareros Popolocas de Los Reyes Metzontla (AAPRM), la cual fue formada por artesanas y artesanos para invertir el Premio Nacional de Ciencia y Artes al que fueron acreedoras en el 2005. Allí, como socia, entrega sus piezas por consignación y vende hasta dos a la semana; el centro agrega un 10% al precio de venta para cubrir costos de operación.

 

El Centro Artesanal Comunitario está conformado por una tienda, un taller demostrativo y alojamiento para visitantes. La asociación colabora con Lu’um A.C. y con Taller Lu’um, aliadas de Oxfam. Ambas organizaciones ofrecen capacitación a las artesanas en diferentes modalidades, incluyen talleres orientados a mejorar la calidad de las piezas y a desarrollar sus habilidades de negocio; mientras la segunda trabaja con algunas artesanas bajo un modelo de comercio ético, diseñando y comercializando piezas nuevas. Trabajar con Taller Lu’um le permitió a Lea mejorar la calidad de sus piezas, integrar nuevos diseños para el sector hotelero y obtener una mejor compensación por su trabajo.

 

Antes de trabajar con sus clientes del sector hotelero, Lea sólo realizaba objetos como utilitario común, manzanas, figuras y platos pequeños. Hoy elabora al mes alrededor de 50 piezas, como platos y tazones bruñidos de diseño moderno que llegan a costar 150 pesos la pieza al vender directamente a los clientes. Aunque la asociación es una gran ayuda, se ve en la necesidad de buscar otras formas de ventas que le garanticen una demanda más constante.

 

Para las mujeres de otra generación, la alfarería era una fuente de ingreso complementaria que sólo se transmitía de madre a hija. Se obtenían precios mucho más bajos para las piezas en mercados vecinos y, en algunos casos, se intercambiaban por frijol y maíz. Esto hacía que los hombres no se interesaran por la alfarería, quienes veían la actividad como poco redituable económicamente. Sin embargo, hoy los hombres que no se dedican a la alfarería como actividad principal apoyan a sus familiares artesanas en algunas etapas de la cadena de valor, como la obtención y preparación del material.

Las personas jóvenes de la comunidad participan cada vez más en los colectivos y asociaciones, motivadas por la revalorización artística, cultural y económica del oficio que ha sido impulsada por una mayor demanda en mercados urbanos nacionales e internacionales.

 

Cuando requieren entregar pedidos grandes y urgentes, las artesanas como Lea tienen jornadas de trabajo que varían entre 12 y 15 horas. En días normales, invierte de 6 a 9 horas para producir una pieza de alfarería, al ser soltera utiliza el resto del día para realizar actividades del hogar y otras ajenas a la alfarería. Aun con esas largas jornadas, las artesanas obtienen ingresos que no les permiten invertir en activos o material de trabajo.

 

El ingreso obtenido por la alfarería cubre los gastos básicos del hogar, como la alimentación, y en pocos casos contribuye a los ahorros de la familia. Las familias complementan este ingreso por medio de la ganadería y la agricultura de subsistencia, y se apoyan en otros familiares que trabajan en la industria de servicios en el medio urbano.

 

Debido a la falta de capital, las artesanas se ven obligadas a vender cuanto antes sus piezas para pronto obtener un ingreso. No tienen el lujo de esperar hasta que puedan obtener los precios que consideran justos para sus piezas o de invertir más tiempo en venderlas por su cuenta. Antes de invertir en materiales y tiempo de producción, ellas prefieren trabajar por encargo para tener un ingreso garantizado.

 

Iricela Román Díaz es otra alfarera que vio cambios en su producción a raíz de las capacitaciones ofrecidas por Lu’um A.C. Iricela es madre soltera y dedica de 6 a 9 horas de su día al trabajo como alfarera y otras 6 horas a las actividades del hogar atendiendo a sus hijos. Forma parte de las y los 70 integrantes de la AAPRM, de los cuales 63 son mujeres y sólo 7 son hombres.

 

“Yo vi muchos cambios con las capacitaciones porque nos enseñaron a pulir mejor, porque antes el pulido era sencillo, sólo en la parte de adelante se pulía y no adentro. Hoy pulimos todo. Además, nos enseñaron a hacer piezas modernas. Desde la tienda comunal siempre entregamos y vendemos, de allí también nos dicen que alguien quiere un pedido especial y lo hacemos, al menos para sostenernos con los hijos que tenemos”, explica esta mujer de 45 años.

 

Iricela, como la mayoría de las 466 mujeres que, según el censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), residen en Los Reyes Metzontla, comenzó desde joven a familiarizarse con el oficio. A los 16 años empezó a jugar con la arcilla elaborando comales, ollas y cazuelas para uso principalmente doméstico. Ella recuerda que tuvo contacto con la artesanía en 1996, en su juventud, elaborando tazones, platos y jarritos que se vendían fuera de la comunidad.

 

Actualmente, para vender sus piezas Iricela participa directamente con la persona intermediaria, a quien no ve como un personaje malo que la explota, sino como alguien que dispone del tiempo, las redes y el medio de transporte para sacar los productos del pueblo. Aunque le pague 35 pesos cada salsera, se conforma con el o la intermediaria que de manera constante y segura le encarga piezas. Como productora no posee contactos de venta fuera de la comunidad ni los recursos para invertir en el traslado de la mercancía, aunque desearía tenerlos para mejorar sus ganancias.

 

“Pues si fuera hombre saldría más, conocería más y pues a mí me gustaría así conocer gente de fuera que me diga ‘quiero 10 piezas’, y yo le doy precio. Así sabría a cuánto lo vendí, si me resultó o no me resultó. El chiste es que yo entregue mis piezas, aunque es difícil para las mujeres el traslado porque 50 piezas de barro pesan y para los hombres es más fácil cargarlos”, comenta Iricela.

 

Al igual que Lea, Iricela tiene sueños, como vender en el mercado de Tehuacán sin regateos, que el cliente acepte el precio fijado por ella, valorando el arduo trabajo que lleva la elaboración de las piezas de barro bruñido y, por qué no, volver a recibir los apoyos que daba el Fondo Nacional para el Fomento a las Artesanías (FONART) de tres mil pesos para la compra de materiales: desde la arcilla hasta la leña para el horno.

 

La visibilidad que les brinda la AAPRM, la colaboración con Lu’um y el acceso a canales de venta que valoran el producto artesanal han contribuido a la autopercepción de las mujeres alfareras de Los Reyes Metzontla y su orgullo de ser artesanas. Esto es un cambio significativo, ya que sus madres y sus abuelas veían sus piezas como medio de subsistencia, no como oficio.

 

A Lea y a Iricela la pandemia les afectó mucho porque los clientes que les compraban (restaurantes y hoteles) también fueron afectados y las y los revendedores dejaron de moverse en los tianguis y mercados. Además, la poca entrada fija que tenían con el centro comunitario se vino abajo por el cierre temporal y la disminución de visitantes. Tuvieron que recurrir a su opción de venta menos preferida: vender comales en Tehuacán, para así obtener lo básico para las necesidades de sus familias.

 

La otra opción que tuvieron las alfareras para sobrevivir a la crisis económica, fue regresar a los cultivos del traspatio y la milpa para obtener productos del campo. En este 2021, la reactivación ha sido lenta pero las y los turistas han comenzado a volver al pueblo y, aunque los pedidos sean pocos, les permiten por lo menos contar con una entrada fija.

 

Lea e Iricela son mujeres orgullosas de ser artesanas y se definen como enamoradas de su oficio, persistentes, pacientes, con alta tolerancia a la frustración y perfeccionistas. Están en una búsqueda continua por mejorar el diseño y la calidad de sus piezas.

Mujeres alfareras
Crédito: Edit Pacheco

Las personas intermediarias y la comercialización

Laura Anguiano es una de las tantas personas intermediarias que compra a las alfareras de Los Reyes Metzontla en Puebla. Ella adquiere 500 piezas de barro bruñido cada tres meses. Esta comerciante de Monterrey, Nuevo León, expone las piezas en un corredor de arte en el Barrio Antiguo los domingos después de anunciarlas por Facebook.


Esta revendedora asegura que ofrece las piezas al triple de su precio original para lograr un margen de ganancia justa, ya que invierte alrededor de 23 mil pesos en todo el proceso de transportación que realiza personalmente con una camioneta rentada por cuatro días. Adquirir las piezas supone a Laura muchos peligros, desde transitar en un camino en mal estado que hace brincotear las piezas y las rompe, hasta encontrarse en medio de un pleito entre Los Reyes Metzontla y un pueblo vecino, poniendo en riesgo su vida.


“Yo soy una vendedora nata y vi en el barro una oportunidad de negocio y la tomé. Siempre me he dedicado a los alimentos y buscaba una opción de comer sano con un socio. Dimos con el barro bruñido sin esmalte, sin plomo de Los Reyes. Después de que me dejó mi socio me quedé sola con el negocio. Ahora todo lo hago sola porque de otra forma tendría poca ganancia. De hecho, una pieza en Los Reyes que compro a 150 pesos la doy en 450, pero a mí me cuesta traerla hasta Monterrey 300 pesos [entre el costo de la pieza y el transporte], entonces la ganancia es poca”
, explica esta mujer con más de 20 años como comerciante.


Laura refiere que trabaja con puras mujeres y con ellas trata el precio justo. Está consciente del trabajo que les implica a las alfareras elaborar las piezas bruñidas, además de la inversión de transportarlas por carretera durante 20 horas.

Laura Anguiano es una de las tantas personas intermediarias que compra a las alfareras de Los Reyes Metzontla en Puebla. Ella adquiere 500 piezas de barro bruñido cada tres meses. Esta comerciante de Monterrey, Nuevo León, expone las piezas en un corredor de arte en el Barrio Antiguo los domingos después de anunciarlas por Facebook.


Esta revendedora asegura que ofrece las piezas al triple de su precio original para lograr un margen de ganancia justa, ya que invierte alrededor de 23 mil pesos en todo el proceso de transportación que realiza personalmente con una camioneta rentada por cuatro días. Adquirir las piezas supone a Laura muchos peligros, desde transitar en un camino en mal estado que hace brincotear las piezas y las rompe, hasta encontrarse en medio de un pleito entre Los Reyes Metzontla y un pueblo vecino, poniendo en riesgo su vida.

“En Monterrey aprecian mucho el barro, pero no lo quieren pagar. A veces dicen ‘a ti te cuesta tanto y yo las puedo conseguir a tanto’. Cuando me dicen eso yo les respondo que les doy el lugar donde las compro y que vayan por ellas, para que sepan lo complicado y caro que es”, argumenta Laura.


Laura, al igual que la alfarera Lea, sueña con tener su propia tienda de artesanía, pero para levantarla requiere más de 200 mil pesos, recurso que no posee. Mientras, le compra a la señora Dominga, una alfarera emprendedora que organiza a otras mujeres del pueblo. Dominga, a su vez, compra las piezas, pero sin cobrar el 10% que cobra el centro comunitario.


Aunque para Laura la alfarería no es su mejor negocio (obtiene más ganancias de la comida tradicional), sigue en él porque sabe que el barro bruñido de Los Reyes Metzontla tiene mucho potencial.


Para Diego Mier y Terán y Kythizia Barrera, directores de la organización Innovando la Tradición, la persona intermediaria siempre va a existir en diferentes niveles y con distintas actitudes. Su presencia en muchos casos es de mucha ayuda en la cadena de comercialización y en la de producción, cumplen una función social de impulsar la innovación en las piezas y así lograr un cambio en la mentalidad de las nuevas generaciones y mejores precios en el mercado.


“Está el intermediario popular, a veces es el más gandalla, el que compra mucho y revende en las centrales de abasto o a orillas de carretera. Compra baratísimo y vende caro. También está el institucional, por decirlo de alguna manera, el que recibe por consignación y paga hasta que se vende. Está también el intermediario que no busca hacer dinero, sino apoyar el sistema económico de una comunidad o de una familia; esos son pocos, impulsan las capacitaciones de los artesanos para que mejoren”
, opina Kythizia Barrera.


Los artesanos y entrevistados identifican al menos tres categorías de personas intermediarias (también conocidas como “coyotes”), según su mercado meta, los productos que comercializan y los canales de venta; estos son: coyotaje popular, coyotaje fino y coyotaje público.


En la primera, coyotaje popular, participan personas locales o de fuera que revenden las piezas compradas en la comunidad en mercados vecinos. Pueden ser caciques dentro de la comunidad o también alfareras que tienen acceso a capital o medios de transporte.


La segunda categoría, coyotaje fino, está formada por personas que son dueñas de tiendas de artesanía y/o diseño que revenden las piezas en ámbitos mayoritariamente urbanos a un público de poder adquisitivo más alto. Algunas llegan al consumidor a través de internet sin necesidad de tener un local. Otras revenden las piezas a otros negocios, como restaurantes u hoteles, o compran directamente con las artesanas para surtir sus restaurantes y hoteles. Las piezas en este caso son de mayor calidad y combinan técnicas tradicionales con diseños a veces modernos.


Una tercera categoría, coyotaje público, sucede cuando las piezas se revenden en espacios de exposición y tiendas que pertenecen al sector público.
Según la investigación participativa realizada por Mutua Investigación e Innovación Social S.C., con base en entrevistas a artesanas e intermediarias que trabajan en Los Reyes Metzontla bajo el modelo de coyotaje fino, una persona intermediaria podría llegar a obtener hasta el 70% del precio de venta, dedicando 25% del tiempo de trabajo requerido para que la pieza llegue al consumidor. En cambio, una artesana asume, apoyada por su familia, el 75% del tiempo de trabajo requerido para que la pieza llegue al consumidor y obtiene menos que el 30% del precio de venta. Esas cifras, aunque no se hayan obtenido mediante un estudio econométrico sino mediante testimonios exploratorios, dan indicios de las brechas que existen entre ambas personas.


Aunque las artesanas de hoy sepan a cuánto se venden sus piezas, gracias al acceso a la información y sobre todo a redes sociales, todavía tienen dificultad para acceder a mercados de nicho, ya que no cuentan con los medios de transporte, el capital y los contactos requeridos para vender en espacios urbanos, haciendo necesaria la participación de las personas intermediarias.


Pero existen organizaciones como la Asociación de Artesanos Popolocas de Los Reyes Metzontla, Espacio de Encuentro de las Culturas Originarias (EECO) y su marca Tequio, el proyecto social Innovando la Tradición A.C. y su brazo comercial Colectivo 1050°, así como Lu’um A.C. y su brazo comercial Taller Lu’um, que apoyan a la alfarería promoviendo la organización de las artesanas para comercializar sus piezas con un precio más justo y evitando todo tipo de coyotaje.


Estas organizaciones buscan la valoración del trabajo artesanal ante terceros a través de exposiciones, participación en concursos, talleres demostrativos, presencia en medios y redes sociales. De este modo destacan el valor cultural y artístico de las piezas, así como el tiempo invertido en ellas. Las actividades que promueven mejoran la calidad de las piezas y permiten a las artesanas invertir tiempo en diseños novedosos ajustados a estilos de vida urbanos. Esto último les facilita acceder a mercados de nicho con alto poder adquisitivo, a nivel nacional e internacional.


Es palpable el impacto que han logrado estas organizaciones en cuanto a la visibilidad de la alfarería, la capacitación y la mejora del ingreso. Gracias al apoyo de estos modelos organizativos y a sus esfuerzos personales, artesanas como Lea e Iricela se encuentran cada vez más cerca de sus sueños. Su constancia y perseverancia les han permitido innovar, encontrar soluciones y continuar trabajando para poner en alto a la alfarería como un oficio justo y que no sería posible sin las mujeres que invierten en él sus ideales, corazón y empeño.

“Yo soy una vendedora nata y vi en el barro una oportunidad de negocio y la tomé. Siempre me he dedicado a los alimentos y buscaba una opción de comer sano con un socio. Dimos con el barro bruñido sin esmalte, sin plomo de Los Reyes. Después de que me dejó mi socio me quedé sola con el negocio. Ahora todo lo hago sola porque de otra forma tendría poca ganancia. De hecho, una pieza en Los Reyes que compro a 150 pesos la doy en 450, pero a mí me cuesta traerla hasta Monterrey 300 pesos [entre el costo de la pieza y el transporte], entonces la ganancia es poca”, explica esta mujer con más de 20 años como comerciante.


Laura refiere que trabaja con puras mujeres y con ellas trata el precio justo. Está consciente del trabajo que les implica a las alfareras elaborar las piezas bruñidas, además de la inversión de transportarlas por carretera durante 20 horas.


“En Monterrey aprecian mucho el barro, pero no lo quieren pagar. A veces dicen ‘a ti te cuesta tanto y yo las puedo conseguir a tanto’. Cuando me dicen eso yo les respondo que les doy el lugar donde las compro y que vayan por ellas, para que sepan lo complicado y caro que es”, argumenta Laura.


Laura, al igual que la alfarera Lea, sueña con tener su propia tienda de artesanía, pero para levantarla requiere más de 200 mil pesos, recurso que no posee. Mientras, le compra a la señora Dominga, una alfarera emprendedora que organiza a otras mujeres del pueblo. Dominga, a su vez, compra las piezas, pero sin cobrar el 10% que cobra el centro comunitario.


Aunque para Laura la alfarería no es su mejor negocio (obtiene más ganancias de la comida tradicional), sigue en él porque sabe que el barro bruñido de Los Reyes Metzontla tiene mucho potencial.


Para Diego Mier y Terán y Kythizia Barrera, directores de la organización Innovando la Tradición, la persona intermediaria siempre va a existir en diferentes niveles y con distintas actitudes. Su presencia en muchos casos es de mucha ayuda en la cadena de comercialización y en la de producción, cumplen una función social de impulsar la innovación en las piezas y así lograr un cambio en la mentalidad de las nuevas generaciones y mejores precios en el mercado.


“Está el intermediario popular, a veces es el más gandalla, el que compra mucho y revende en las centrales de abasto o a orillas de carretera. Compra baratísimo y vende caro. También está el institucional, por decirlo de alguna manera, el que recibe por consignación y paga hasta que se vende. Está también el intermediario que no busca hacer dinero, sino apoyar el sistema económico de una comunidad o de una familia; esos son pocos, impulsan las capacitaciones de los artesanos para que mejoren”
, opina Kythizia Barrera.


Los artesanos y entrevistados identifican al menos tres categorías de personas intermediarias (también conocidas como “coyotes”), según su mercado meta, los productos que comercializan y los canales de venta; estos son: coyotaje popular, coyotaje fino y coyotaje público.


En la primera, coyotaje popular, participan personas locales o de fuera que revenden las piezas compradas en la comunidad en mercados vecinos. Pueden ser caciques dentro de la comunidad o también alfareras que tienen acceso a capital o medios de transporte.


La segunda categoría, coyotaje fino, está formada por personas que son dueñas de tiendas de artesanía y/o diseño que revenden las piezas en ámbitos mayoritariamente urbanos a un público de poder adquisitivo más alto. Algunas llegan al consumidor a través de internet sin necesidad de tener un local. Otras revenden las piezas a otros negocios, como restaurantes u hoteles, o compran directamente con las artesanas para surtir sus restaurantes y hoteles. Las piezas en este caso son de mayor calidad y combinan técnicas tradicionales con diseños a veces modernos.


Una tercera categoría, coyotaje público, sucede cuando las piezas se revenden en espacios de exposición y tiendas que pertenecen al sector público.
Según la investigación participativa realizada por Mutua Investigación e Innovación Social S.C., con base en entrevistas a artesanas e intermediarias que trabajan en Los Reyes Metzontla bajo el modelo de coyotaje fino, una persona intermediaria podría llegar a obtener hasta el 70% del precio de venta, dedicando 25% del tiempo de trabajo requerido para que la pieza llegue al consumidor. En cambio, una artesana asume, apoyada por su familia, el 75% del tiempo de trabajo requerido para que la pieza llegue al consumidor y obtiene menos que el 30% del precio de venta. Esas cifras, aunque no se hayan obtenido mediante un estudio econométrico sino mediante testimonios exploratorios, dan indicios de las brechas que existen entre ambas personas.


Aunque las artesanas de hoy sepan a cuánto se venden sus piezas, gracias al acceso a la información y sobre todo a redes sociales, todavía tienen dificultad para acceder a mercados de nicho, ya que no cuentan con los medios de transporte, el capital y los contactos requeridos para vender en espacios urbanos, haciendo necesaria la participación de las personas intermediarias.


Pero existen organizaciones como la Asociación de Artesanos Popolocas de Los Reyes Metzontla, Espacio de Encuentro de las Culturas Originarias (EECO) y su marca Tequio, el proyecto social Innovando la Tradición A.C. y su brazo comercial Colectivo 1050°, así como Lu’um A.C. y su brazo comercial Taller Lu’um, que apoyan a la alfarería promoviendo la organización de las artesanas para comercializar sus piezas con un precio más justo y evitando todo tipo de coyotaje.


Estas organizaciones buscan la valoración del trabajo artesanal ante terceros a través de exposiciones, participación en concursos, talleres demostrativos, presencia en medios y redes sociales. De este modo destacan el valor cultural y artístico de las piezas, así como el tiempo invertido en ellas. Las actividades que promueven mejoran la calidad de las piezas y permiten a las artesanas invertir tiempo en diseños novedosos ajustados a estilos de vida urbanos. Esto último les facilita acceder a mercados de nicho con alto poder adquisitivo, a nivel nacional e internacional.


Es palpable el impacto que han logrado estas organizaciones en cuanto a la visibilidad de la alfarería, la capacitación y la mejora del ingreso. Gracias al apoyo de estos modelos organizativos y a sus esfuerzos personales, artesanas como Lea e Iricela se encuentran cada vez más cerca de sus sueños. Su constancia y perseverancia les han permitido innovar, encontrar soluciones y continuar trabajando para poner en alto a la alfarería como un oficio justo y que no sería posible sin las mujeres que invierten en él sus ideales, corazón y empeño.

Lo tradicional y lo tecnológico en Atzompa

Mujeres alfareras
Crédito de la imagen: Rocío Hernández

A 243 kilómetros de donde viven Iricela y Lea, se ubica el pueblo de Santa María Atzompa, Oaxaca, donde vive Rufina Ruiz López de 51 años, una zapoteca de los Valles Centrales que lleva toda la vida unida al barro y cuya historia es claro ejemplo de todo lo que las mujeres alfareras pueden alcanzar a partir de su creatividad, de la capacitación y la organización.


Desde los 5 años tiene contacto con este material, así que lo mismo sabe de la extracción en las minas como de la cadena de comercialización. Ella tiene su taller en el patio de su casa. Ahí se observan dos hornos de leña tradicionales y un cobertizo que resguarda otros dos hornos ecológicos de acero, prototipos que mandó a construir gracias a un apoyo que le otorgó el Instituto Nacional de Economía Social (INAES) en el 2011. Rufina es la única de los y las alfareras del pueblo de Atzompa que posee estos hornos, funcionan con energía amigable con el medio ambiente al utilizar gas obtenido de aceite de comida reciclado mediante un tratamiento químico.


Previo a que se esparciera la noticia de que en Atzompa se utilizaba plomo en la alfarería para obtener un color verde, Rufina y sus hermanas realizaban 576 piezas de cazuelas, ollas, jarros y chirimollas cada 15 días. Ella las vendía durante toda la semana en los tianguis que se instalaban en las regiones de los Valles, la Mixteca, Cañada y Sierra. En 1985, Rufina identifica el primer cambio en el pueblo debido a la noticia del plomo: las ventas cayeron.


“Todo el pueblo es alfarero y esto nos pegó mucho, dejamos de hacer alfarería utilitaria y nos lanzamos por las ornamentales como macetas. Inundamos el pueblo de macetas y el mercado se colapsó, así que la gente regresó a lo utilitario nuevamente. Nuestro taller comenzó a usar un esmalte sin plomo, pero tardamos entre 8 y 10 años en obtener un verde parecido a la greta original. Cuando lo obtuvimos, regresamos a elaborar las cazuelas y las ollas, pero somos contados los talleres que utilizamos esmalte sin plomo”, comenta Rufina sentada en el patio de su taller familiar.


En el 2007, Rufina comercializaba, cada 15 días, 4 gruesas de barro con esmalte sin plomo en los tianguis; al mismo tiempo, en San Agustín Etla, el artista Francisco Toledo impulsaba, desde su recién creado Centro de las Artes de San Agustín (CaSa), un censo de los alfareros de Atzompa. Gracias al censo la ubicaron y la invitaron a tomar talleres y diplomados con becas.


A causa del tiempo que debía invertir, en un principio no les dio importancia a los talleres. Ella prefería ir a los tianguis a vender y hacer dinero. Fue tanta la insistencia del CaSa sobre los cursos que, en 2011, se decidió a participar, y a partir de allí su vida cambió. Durante 12 años tomó diplomados y talleres con el CaSa y la Secretaría de Economía sobre estética, modelado, escultura, vidriado, bruñido, moda textil, economía social, entre otros.


“Tomé todos los cursos y talleres que me pusieron enfrente porque entendí que tenía que innovar para poder competir. Y en eso andaba cuando me topé con Diego y Kythizia de Innovando la Tradición, ellos me propusieron armar un proyecto para instalar un horno de gas. Comenzamos, pero no concluimos porque Kythizia se fue a Japón. El proyecto lo retomé después ya con el apoyo de un técnico y un ingeniero. Buscamos el apoyo en el INAE y logramos construir con el dinero un cobertizo, el horno y la capacitación para usarlo”, recuerda Rufina mientras muestra sus dos hornos amarillos de gas montados en el centro del cobertizo.


Con todos los conocimientos adquiridos, Rufina cambió su producción: dejó de hacer cantidad y se enfocó en la calidad. Sin dejar de usar sus hornos de leña para una primera quema alcanzando 800 grados y aplicando una segunda quema en los hornos de gas de más de 2 mil grados, elabora con 20 miembros de su familia, cada cuatro meses, alrededor de 600 piezas de mantelería para restaurantes y hoteles. Ofrece sus piezas directamente al cliente por entre 200 y 250 pesos.


Los años de capacitación y dedicación han rendido frutos. Rufina ha sido invitada a trabajar con artistas plásticos como Adán Paredes, Gabriel Macotela, María José Lavín, Betzabeé Romero y Francisco Toledo. En 2019, dio un gran salto al exponer sus piezas ya como objetos artísticos en una exhibición en el CaSa.


En la actualidad, las piezas de Rufina gozan de una alta demanda. Para cumplir con los pedidos, decidió capacitar a otras alfareras de Atzompa mediante tres talleres en los que no sólo comparte sus innovaciones, sino pone a disposición su equipo y sus contactos en el mundo restaurantero y gastronómico.

Las fotografías de este reportaje fueron hechas por mujeres alfareras de Los Reyes Metzonlta, mediante una dinámica de fotografía participativa para el estudio de Captura Económica y Política en Cadena de Valor, realizada por Mutua S.C.


Este reportaje ha sido elaborado en el marco de la “Consultoría para el proyecto de investigación sobre captura económica y política en cadenas de valor” realizada por Mutua S.C. para Oxfam México. Se agradecen las aportaciones de Inji Elabd, Giovanna Montagner Gerardo Sánchez y Diana Zazueta para la elaboración del presente reportaje.