Limón Persa

El limón persa, el valioso cultivo que enriquece a intermediarios pero no a productores

Mutua Investigación e Innovación Social / Oxfam México
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Durante todo el año, decenas de comuneros y comuneras ayuujk en Oaxaca siembran y cosechan, en más de 200 hectáreas de tierra, uno de los frutos que le dan fama e importancia a México como exportador de cítricos: el limón persa.


Las familias de la zona producen esta variedad de limón y lo venden mayormente a las y los coyotes o acaparadores (como se les conoce a las y los intermediarios). Estos lo canalizan a Estados Unidos y a otros destinos de exportación como Europa y Japón a través de una compleja cadena de empacadoras, brokers, centros comerciales y minoristas.


A pesar de que las y los coyotes se quedan con una parte importante de los beneficios, los productores y productoras, por lo general, les venden a ellos porque para comercializarlo directamente a las empacadoras requerirían medios de transporte, inversión y volúmenes de producción que no suelen tener.


Uno de esos grupos de productores y productoras se ubican en una pequeña comunidad en las montañas del Bajo Mixe, entre las regiones oaxaqueñas Cuenca e Istmo de Tehuantepec. La zona está a unas 2 horas de distancia de Tuxtepec, para llegar a la carretera Transístmica se deben recorrer casi 100 kilómetros más. Es una comunidad de alta marginación según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), donde el 40% de los habitantes tiene por lengua al ayuujk, de la cual han disminuido sus hablantes en los últimos diez años.


La mayoría de los productores y productoras de esta comunidad poseen entre una y media a dos hectáreas de limonero. Su producción se compone aproximadamente de 60% de limón persa de primera calidad (destinada a exportación) y un 40% de segunda calidad (destinada al mercado nacional).


A pesar de lo anterior, las y los pequeños productores de limón en estas regiones productivas del estado de Oaxaca, se enfrentan al mercado en condiciones poco ventajosas, con márgenes de ganancia tan reducidos que apenas les permiten reinvertir en sus cultivos o les suponen riesgo de convertirse en pérdidas.

El limón persa, un cultivo clave en México

En México se cultivan tres variedades de limones: la agria o mexicana, la persa o sin semilla y la italiana. Mientras que la variedad mexicana es más apreciada en el mercado nacional por su mayor nivel de acidez, la variedad persa es la relevante para los mercados de exportación.


De acuerdo con cifras del Sistema de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP), entre 2015 y 2019, las exportaciones de las distintas variedades de limón crecieron 8.7% anual. México exportó en 2019 un total de 758.8 mil toneladas de las limón; de esta cifra, 677 mil toneladas correspondieron al limón persa.


Sus frutos de color verde oscuro son de mayor tamaño que las otras variedades, llegan a medir hasta seis centímetros de diámetro. No poseen semillas, son mucho más jugosos y tienen una cáscara más gruesa que otros limones. Para el mercado tiene ventajas, pues la planta es más resistente a algunas enfermedades y dura más una vez que es cortada, por lo que resulta ideal para permanecer más tiempo en los anaqueles de las tiendas.


Estados Unidos fue el principal destino del limón persa con el 94%, mientras que un 3% se envió a Países Bajos, 1% a Reino Unido y 2% a otros países.
Según datos del SIAP, entre 2018 y 2019, las ganancias por la exportación de todas las variedades de limón dejaron 560 millones de dólares. Estas ganancias se van distribuyendo en una cascada de intermediarias hasta llegar al último eslabón, las productoras y productores.


El precio del cítrico y las ganancias de los productores dependen de la oferta y la demanda del mercado. En el 2018 el precio por reja empezó a mejorar, como mínimo se vendía entre 70 y 80 pesos, mientras que antes de ese año la reja valía entre 10 y 15 pesos. Para el 2019, la reja de limones alcanzó los 250 pesos. La mejora de precios del limón se debe al declive de algunas zonas productoras en los Estados Unidos, la integración comercial a través del libre comercio y la creciente demanda local e internacional. La suma de estos factores causa la expansión de la industria de este producto en la región de Tabasco-Veracruz.


Con la pandemia de COVID-19 el comercio del limón se vio poco afectado pues los intermediarios no pararon las actividades de negociar y recoger el producto.


Los precios del limón disminuyeron durante los primeros meses de la pandemia, recibiendo las personas productoras aproximadamente 100 pesos por reja. Sin embargo, esta disminución de precios es consistente con las fluctuaciones anuales de precios. Cada año, los precios del limón tienen incrementos entre los meses de febrero y abril, con un máximo en marzo. El precio de venta de las personas productoras por reja de limón, en marzo del 2021, alcanzó 730 pesos en la zona.

Crédito de la ilustración: Teresa Lobo

El papel de las y los intermediarios

Oaxaca es la cuarta entidad productora de limón persa: anualmente produce 263 mil toneladas de limón persa, según la Secretaría de Economía del estado. Esto lo coloca solo por debajo de Michoacán, Veracruz y Colima, por lo que representa uno de los cultivos más importantes en las regiones de la Cuenca del Papaloapan y en el Istmo de Tehuantepec.


En el Istmo de Tehuantepec se producen 156 mil 437 toneladas al año, en específico en los municipios de Santiago Yaveo, San Juan Cotzocón, San Juan Mazatlán, Matías Romero, Magdalena Tequisistlán y San Juan Guichicovi.


Sin embargo, la mayor parte de la cosecha del Bajo Mixe termina en empacadoras de Martínez de la Torre, Veracruz. Éstas ejercen una fuerte influencia en su producción citrícola, ya que no se han consolidado suficientes empresas locales que puedan hacerles competencia. Con base en un análisis realizado por la organización de productoras y productores ayuujk antes referida, se estima que sólo un 8.4% de la producción regional se queda en ocho pequeñas empacadoras de la zona, siendo tres las que concentran mayor actividad. Esto repercute en menores ganancias para las personas productoras, pues su limón debe atravesar las manos de uno o dos intermediarias distintas, incluyendo a las y los coyotes, antes de llegar a la empacadora en Veracruz.


Las y los coyotes se encargan de trasladar la fruta hasta las empacadoras, lo que implica costos que algunas veces son financiados por ellos mismos y otras por intermediarias de mayor poder económico que los contratan. Estos costos son principalmente infraestructura y combustible; además, también brindan a la productora las rejas que son necesarias para el acopio una vez que cosechan la fruta. Los intermediaros, a través de las y los coyotes, ejercen prácticas muchas veces engañosas para disminuir el precio pagado al productor.


Elías, uno de los pequeños productores entrevistados que se dedica a este cultivo desde hace 15 años, explicó que las y los intermediarios controlan los precios de acopio en la región de manera coordinada.


Dada su experiencia de varios años en el cultivo de limón, este productor identifica así a las y los intermediarios: los primeros en la cadena de comercialización son las y los coyotes o ayudantes de la región, quienes seleccionan el limón de primera y segunda calidad. Estas personas trabajan para un “segundo intermediario” y ganan un sueldo fijo de entre 300 a 400 pesos diarios, además de comisiones obtenidas por la compra a las personas productoras a bajos precios.


El “segundo intermediario” acopia cada semana tres tráileres de 18 a 20 toneladas de limones que vende a las empacadoras de Martínez de la Torre, Huimanguillo o Cuitláhuac, en el estado de Veracruz. Además, tanto las y los coyotes como estos segundos intermediarios venden los limones de segunda y tercera calidad a centrales de abasto que surten el mercado local y de cuarta calidad destinado a la industria juguera nacional.


Las empacadoras compran los limones de primera calidad a las y los intermediarios grandes de Francisco Villa. A su vez, los venden a los agentes comerciales dedicados a la exportación, conocidos como brokers, quienes gestionarán el cruce fronterizo del limón que se entregará a las y los consumidores a través de restaurantes, hoteles y supermercados, entre otros.


Con base en la investigación participativa en la que se basa este reportaje, realizada por Mutua Investigación e Innovación Social S.C., con base en entrevistas a personas productoras de limón de la región Cuenca e Istmo de Tehuantepec, la venta del limón persa de primera calidad al consumidor final en los Estados Unidos ronda un promedio de 85 pesos el kilogramo. De este precio final, el productor recibirá como ganancia bruta por kilo menos del 5%, porcentaje del que dos terceras partes destinará a cubrir los costos de producción.


Por su parte, el intermediario obtendrá 3%, la empacadora 16%, los brokers 25%, un 6% se destinará a gastos de exportación y el 45% restante se quedará en manos del tramo final de la venta, por ejemplo, un supermercado. Esas cifras, aunque no se hayan obtenido mediante un estudio econométrico sino mediante testimonios exploratorios, son indicativas de las brechas que existen entre diversos actores de la cadena de valor de limón.

El impacto del limón en los suelos

Hace alrededor de 30 años que el limón persa se cultiva en la zona del Bajo Mixe, pero algunas familias comenzaron su producción hace una década motivadas por el auge de los precios y la demanda que no ha parado de crecer. Las productoras y productores ha convertido sus terrenos ganaderos en tierra de limones, incluso reemplazando los cultivos de naranja, maíz, café y acahuales.


Un agrónomo que trabaja en la región de la Cuenca del Papaloapan cultivando limón – y que prefiere no revelar su nombre por seguridad – explica que con el monocultivo del limón y manejos inadecuados del suelo, se han generado procesos erosivos y de pérdida de fertilidad. Desde su punto de vista, también surgieron otros fenómenos posiblemente relacionados con el cultivo extensivo de este fruto, tales como un menor caudal de los arroyos porque los limones requieren mucha agua, así como aumentos locales en las temperaturas.


Crédito de la ilustración: Teresa Lobo

El agrónomo señala que algunas productoras y productores están adoptando prácticas que buscan preservar algo de la agrobiodiversidad local, por ejemplo, los cultivos mixtos y el uso de fertilizantes orgánicos.


Agrega que la balanza entre fertilización agroquímica y orgánica se ha movido de un 90% a un 60% en los últimos dos años. Este cambio ha sido a raíz, sobre todo, de algunos programas de gobierno como el Programa de Desarrollo Rural y Sembrando Vida, cuyos extensionistas enseñan técnicas de preparación de fertilizantes y plaguicidas de forma orgánica.

Negociar y vender de la mano de las mujeres productoras

Rosario negocia con firmeza sus rejas de limones con las y los coyotes que llegan hasta su huerto en la comunidad. A ella es muy difícil que la “atoren” con bajos precios, así que su esposo prefiere que ella lidie con el comprador. No en vano lleva veinte de sus cincuenta años en la producción y venta de limones. En su caso, lo mismo corta los limones, los acopia, los selecciona, en primera y segunda calidad, y negocia con el coyote hasta lograr un precio que considera justo.


Como Rosario, cada vez es más frecuente que las mujeres se involucren en tareas de producción y comercialización, aunque lo más común es que sean hombres quienes hagan el trabajo de negociación con las y los intermediarios. En cada hectárea de tierra, Rosario cosecha 15 rejas de limón cada 15 o 20 días, lo que equivale a unos 375 kilogramos o 9.12 toneladas al año, un trabajo pesado que realiza junto con las y los jornaleros que contrata. Los hombres de su familia, su esposo e hijos, se encargan de tareas como el riego manual con cubetas, la preparación del suelo, la siembra, la fertilización y el control de plagas.


En la última venta, Rosario logró un buen precio; a su plantío llegó el coyote con su camioneta de 3 toneladas. Cuando no logra buen precio con el coyote “a pie de huerta”, ella misma transporta los limones en su vehículo hasta la empacadora más cercana que está en Santiago Yaveo, a 2 horas de camino, donde logra un precio más alto.


Aunque es más fácil para ella negociar el precio con el coyote, comenta convencida: “…prefiero la empacadora. A veces se ponen así las y los coyotes (ofrecen bajo precio), pues que me chingue la empacadora, porque ellos ya van empacando, ¿no? Que me chinguen ellos a que me chingue el coyote. Gracias a Dios, allá en la empacadora a veces que se mandan los chalanes a recoger el producto y pagan un poco más”. Esta no es una opción que esté a la mano de todas las productoras y productores, ya que no siempre tienen el tiempo, la energía o el transporte necesarios para negociar directamente con la empacadora.


Aunque participa en casi toda la cadena de producción, Rosario no se considera una productora, ya que el terreno pertenece a su esposo. En cambio, Natividad, maestra de bachillerato en la comunidad, es una de las poco más de diez mujeres productoras de limón que son dueñas de sus propias tierras en el municipio. Natividad se considera productora y, como tal, participa en los esfuerzos para establecer una organización con otras personas productoras de la comunidad. A pesar de estas diferencias, ambas mujeres tienen una doble o triple ocupación, porque se dedican a los trabajos del hogar y al cuidado de los hijos, imparten clases en el caso de Natividad, y atienden la producción del limón y otros productos del campo como canela y café.


Crédito de la ilustración: Teresa Lobo

La organización, parte de la solución

Las personas productoras de la comunidad ayuujk habían intentado organizarse desde hace más de 20 años con financiamiento federal; a mediados de la década del 2000 consiguieron recursos para equipo de desmonte y fumigación. Hace casi diez años, se capacitaron en manejo administrativo y productivo por medio de una instancia del gobierno federal. Aunque adquirieron maquinaria para una empacadora, el proyecto no prosperó por falta de organización para la comercialización.


Hace algunos años, con el fin de mejorar su calidad de vida, formaron un grupo de 10 personas productoras con la visión de crear una empresa social y solidaria, participar directamente en el proceso de comercialización y superar el problema del control de precios por las y los intermediarios regionales. Para lograrlo, deben garantizar volumen y calidad en el limón, así como un esquema de acopio, selección, empaque y comercialización del cítrico, con esquemas de venta que les permitan acceder a mejores precios.


Luis, productor de limón persa desde hace 30 años, se muestra optimista sobre el futuro del grupo que recibe apoyo de instituciones académicas y de la sociedad civil.


“Desde que tenemos el apoyo vemos el cambio, ya trabajamos con un técnico agrónomo. Ellos ya nos dicen ‘oyes, que tu planta tiene esto, échale esto’. Eso ayuda mucho a sacar menos limones de segunda, mejorar la cadena de producción. Somos pocos en este grupo, pero son personas que sí se han dado cuenta que solamente un grupo bien consolidado puede hacer muchas cosas. Tenemos fe en lograr una empacadora porque con ella los compañeros productores también van a hacerse socios. Así nos saltaríamos a los coyotes y veremos más rendimientos. Por lo mientras estamos avanzando en la cadena de producción con tecnificación”, señala con entusiasmo Luis.


Tomás también cree que la organización es el camino para que los y las productoras logren colocar sus limones en el mercado nacional, no esperanzarse con los apoyos del gobierno federal, sino encontrar inversionistas independientes que le apuesten al valor agregado y que obtengan mayores beneficios económicos. Lo ideal, para este pequeño productor organizado, es algún día saltarse al pequeño y grande intermediario.


Por su parte, Faustino, como todas las personas productoras del Bajo Mixe, está orgulloso de la actividad productiva que realiza porque la tierra sustenta a las familias. A pesar de las dificultades que atraviesan como pequeñas productoras, al no tener toda la tecnificación para mejorar sus cosechas, y el desánimo que les provocan los bajos precios que ofrecen las y los intermediarios, mantiene la esperanza de que con la buena organización un día logren que se valore el trabajo y, para ello, recalca, son fundamentales la unidad y la mentalidad de los y las productoras.


“Yo creo que el sueño más grande de un productor es que valoren tu trabajo, que valoren tu esfuerzo. Si un día llegan a valorar nuestro limón o nuestro trabajo, yo creo que ese día va a cambiar todo. Lo ideal es que no haya coyotes, que se venda a un precio justo que refleje el arduo trabajo de producción”, dice orgulloso Faustino mientras observa su limonero. Valorar el trabajo de las productoras y productores y apoyar las iniciativas para transformar el mercado son tareas que corresponden a las y los consumidores, las instancias gubernamentales y las organizaciones de la sociedad civil.

* Las personas, lugares y organizaciones que aparecen en el presente reportaje han sido anonimizadas por solicitud expresa de algunas de las personas entrevistadas.

Este reportaje ha sido elaborado en el marco de la “Consultoría para el proyecto de investigación sobre captura económica y política en cadenas de valor” realizada por Mutua S.C. para Oxfam México. Se agradecen las aportaciones de Pável Galeana, Giovanna Montagner, Gerardo Sánchez y Salvador Silva para la elaboración del presente reportaje.